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Juan Cruz Stakys


Sobre mí

Soy un amante de las matemáticas y programador. Actualmente estudio Licenciatura en Ciencias Matemáticas en la Universidad de Buenos Aires.

Uno puede cambiar de casa, de auto, de intereses, de amigos, de pareja, incluso de familia; pero uno, por más que lo intente, nunca puede cambiar de pasión. Por eso creo que la pasión es lo que más nos define. Si me preguntan quién soy, prefiero responder primero en base a mis pasiones y después en base a mi carrera.

Mis pasiones

Matemática

Recuerdo bien la época en la que empezó a latir dentro mío la que ahora considero mi pasión más firme: la matemática.

En primer año de secundaria, a mis 12–13 años, mi escuela nos invitó a participar en las Olimpiadas Matemáticas. No tengo recuerdos anteriores de un interés especial en la disciplina, sí de la facilidad con las que las manejaba y que me divertían un poco. La olimpíada consistía en varias instancias eliminatorias, abarcando cada una una región más grande: primero las intercolegiales; luego, las zonales (un conjunto de ciudades); luego, las regionales; y por último la instancia nacional, donde se definían el campeón, los subcampeones, las menciones honoríficas, y los aprobados.

Durante la preparación para mi primera participación, la escuela nos dio clases extracurriculares donde resolvíamos problemas totalmente diferentes a los que veíamos en las clases normales. Estos problemas no se resumían en aplicar una fórmula, requerían realmente de pensamiento lógico y creativo. Muchos problemas eran planteados, más que con números y cuentas, con situaciones específicas, donde uno usaba la matemática para resolverlas. Estaba aprendiendo mucho, desafiando realmente a mi mente, y desarrollando habilidades que combinaban pensamiento abstracto, resolución de problemas, pensamiento creativo y lógico. Era un placer enorme. Y llegó el día de la primera prueba.

La prueba consistía en sólo TRES problemas, en cuatro horas y media. Se requería resolver bien DOS para pasar a la siguiente instancia. El primero, un problema de razones; el segundo, de geometría; el tercero no lo recuerdo. Me dediqué de lleno a este primer problema, que no recuerdo que me haya significado mayor dificultad, y lo resolví limpiamente sin gastar mucho tiempo. Empecé con el segundo problema, anoté los datos, busqué patrones, construcciones útiles que me revelen alguna información extra. Le di miles de vueltas y... nada, no encontraba la forma. Probé ocuparme del tercer problema, del cual no tengo recuerdos. Iba y volvía. Cuando me trababa en un problema, intentaba avanzar en el otro, hasta que me trababa nuevamente y volvía al anterior, y el tiempo que tenía de sobra tras el primer ejercicio se me fue escurriendo lenta y dolorosamente entre los dos últimos. No recuerdo si terminé entregando alguno de los dos últimos o no, pero cuando llegó la hora ya no había vuelta atrás. Ya no podía corregir nada.

Pasaron las semanas y me dieron la devolución de la prueba. No pasé. Fue una bocanada de realidad, no era tan bueno como pensaba. Esta frustración, lejos de desanimarme, me incitó a seguir participando. Tuve la suerte de poder discutir los problemas con la profesora, que me hizo ver dónde había errado y el camino a la solución.

Seguí practicando y estudiando matemáticas por mi cuenta, pero al año siguiente, tras mudarme de ciudad y cambiar de escuela, no logré convencer a tiempo a los directivos para unirse a la competencia. A pesar de no haber podido ni siquiera empezar a participar en esta segunda oportunidad, fui privilegiado nuevamente con un profesor, Walter, que estimuló mi curiosidad matemática, y que celebraba todas mis muestras de conocimiento (aunque motivadas, quizá, por una necesidad adolescente llamar la atención). Ese año no me detuve, practiqué y estudié mucho con los recursos que encontraba en internet, y para el año siguiente ya sabía que debía insistir desde MUY temprano para participar.

Así fue como el tercer año logré inscribirme de nuevo, ya con otra profesora, Mariana. Llegó la primera prueba. Nuevamente, tres problemas, cuatro horas y media. Estos problemas eran más difíciles que los de hace dos años, estos ya eran para un chico de 14–15 años. Eran más abstractos, ecuaciones raras y un problema de geometría tridimensional. Resolví el primero, el segundo me resultó más fácil, y el tercero (de geometría) planteaba una situación que nunca había visto, pero tuve la intuición correcta de cómo encararlo. Lo que sí me enseñó esta prueba es que, aunque estudie mucho, pueden aparecer problemas totalmente nuevos y originales. Por más que uno se sienta preparado, los problemas pueden agarrarlo desprevenido.

Al salir, compartí los problemas con mi profe, comparamos mi solución con la suya, descubrimos un pequeño error en mi primer procedimiento, pero parecía que todo lo demás estaba bien. Y cuando pasaron las semanas me enteré que había pasado a la segunda instancia. Esta fue mi primera victoria personal en las olimpiadas.

Pasaron los meses, seguí practicando, tanto con internet como con la compañía de la profe, que me daba muchos recursos muy útiles. Así, pasé de instancia en instancia. Y llegué a la instancia final. Viajé con ella a Córdoba, nos alojamos en hoteles asignados por región, conocí compañeros de diferentes escuelas tan apasionados por la matemática como yo, y creo que ahí descubrí que esto era lo que realmente me hacía feliz.

Esta instancia era diferente: eran dos pruebas, dos días distintos. Si la dificultad entre instancias era progresiva, ahí descubrí que la instancia final estaba en un planeta a parte. Basta decir que salí entre los aprobados, y volví muy satisfecho a casa, con el desafío superado, amigos nuevos, y mucho aprendizaje. También descubrí una página llamada OMA Foros, dónde pude intensificar mi práctica.

Pasaron los años, volví a cambiar de escuela, pero seguí participando, esta vez acompañado por la profe Rosana. Fui acumulando victorias y derrotas, de las cuáles quizá escriba en un futuro. Conocí más amigos con los cuáles sigo en contacto, participé en otras compentencias, viajé a Córdoba varias veces y por la provincia de Buenos Aires, y lo que menos esperaba, me animé a hablar en público ante cientas de personas por primera vez.

Tiendo a pensar que las matemáticas me apasionan por lo que son en sí, pero recordando todo esto, quizá lo hacen por todo lo que obtuve gracias a ellas. No puedo sino agradecer a todos los profesores que me acompañaron, a la institución que lleva a cabo la competencia, a los equipos directivos de las escuelas públicas que movieron las fichas para, sin experiencia previa, lograr inscribirse a las olimpiadas sólo por mi mera insistencia (y seguramente de mis padres) y seguir esa tradición para los alumnos que venían detrás. También a mis padres y a mi familia que me dieron todo su acompañamiento y apoyo en cualquier cosa que necesitara.

Con todo esto, no puedo sentir otra cosa que una profunda pasión por las matemáticas.

Mi carrera

Después de terminar mis estudios secundarios como técnico en informática, y habiendo estudiado desarrollo web y Python en la Academia Online Platzi, conseguí mi primer trabajo como desarrollador RPA en la consultora FyS Tech Group. Ahí trabajé creando soluciones para una variedad de clientes importantes en Argentina con Automation Anywhere. Más adelante mi rol se enfocó a la creación plataformas web, tanto para uso interno como para clientes, donde usé el lenguaje Javascript y TypeScript con frameworks como React y Node.js.

Actualmente trabajo en la consultora Autoconecta, dónde profundicé mi experiencia en desarrollo full-stack, dedicándome inicialmente al desarrollo frontend con Vue.js y Playwright para más adelante cumplir un rol backend con Laravel PHP, Docker, MySQL y GitLab CI-CD.